El sector privado genera cada vez menos trabajo productivo

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La selectividad de las acciones más agresivas de las autoridades políticas encargadas de velar por la estabilidad de la economía estadounidense, se ha comprobado, respondió casi con total unanimidad a los poderosos intereses de Wall Street. Esto realmente no debió sorprender a nadie, dado el tamaño desproporcionado del sector financiero frente a los demás sectores de la cada vez más financializada economía estadounidense. Nada más un dato: para el año 2009, el patrimonio de los seis bancos más grandes de los EUA alcanzó una suma equivalente a más del 60 % del PIB de ese país . Una cifra insólita y sintomática del nivel de concentración de la riqueza papelaria –títulos valor, bonos, contratos de seguros, ahorros en monedas extranjeras, etc- en cada vez menos manos.

Las medidas paliativas contra los efectos más fuertes de la crisis, sentidos en el mercado de crédito de corta duración (the money market) y en el mercado bursátil –dos de los tres principales mercados de capitales, ambos, sin embargo, de menor tamaño e importancia que el mercado de bonos–, realmente no tuvieron un efecto de estímulo en la economía. Tal como hemos venido comentando , lo único que se logró con los rescates a los bancos privados, más dedicados a la especulación que a dar servicios financieros a los sectores productivos de la economía, fue mantener viva a la oligarquía bancaria, a expensas de esos sectores.

En efecto, las acciones estatales de rescate al oligopolio crediticio no fueron más que intervenciones directas del Estado en el ‘libre’ mercado, que había decretado innecesaria tanta especulación en los mercados inmobiliarios, y en el mercado de derivados financieros. Pero ahora los sectores productivos deberán pagar los onerosos rescates de los más ricos, con los impuestos que debieron ser invertidos en su beneficio, y no en beneficio de los plutócratas.

El origen de la desregulación actual.

La ola de desregulaciones del sector financiero, causando estragos actualmente en la economía mundial, tiene su origen en la retirada unilateral de los EUA del tratado de Bretton Woods, el 15 de agosto de 1971. Esta medida impensable para cualquier otro Estado –lo cual señala distintamente el papel de país hegemón de los EUA—se debió principalmente al desequilibrio crónico en su balanza de pagos, intensificado por la guerras en Indo-China. En aquella época, los EUA pasaba de ser el mayor acreedor del mundo, con superávits en su balanza de pagos durante las décadas de los 50’s y 60’s, a ser uno de los países más endeudados del mundo. (Hoy el Estado Federal Estadounidense absorbe buena parte de las reservas de liquidez que existen en el mundo; tanto es así que para el 2012, los intereses de la deuda rondarán los $600 mil millones.)

Como bien se sabe, el Tratado de Bretton Woods regulaba estrictamente el sistema monetario mundial, imponiendo tasas fijas de cambio entre las distintas divisas nacionales de aquellos países de más poder económico. Sin embargo, con la paulatina desaceleración del auge económico de pos-guerra, se volvió más rentable para las élites empresariales estadounidenses la inversión en compañías extranjeras, que en las domésticas, al tope de su curva de crecimiento. Ahora bien, esta inversión off-shore era imposible de llevar a cabo con en un sistema de divisas atadas al patrón oro, tal como quedaba establecido por el tratado de Bretton Woods.

La desregulación incentiva la especulación, no la inversión productiva.

Hoy sabemos que la desregulación de las finanzas, en cierta medida, extendió la vida del gran auge económico mundial pos-Segunda Guerra Mundial, abaratando de forma generalizada el precio del dinero. Sin embargo, también quedó en evidencia que la desregulación introdujo una cultura extendida de especulación. Lo cierto es que la liberalización (desregulación) de los mercados crediticios no trajo inversión productiva similar a las primeras décadas del auge de pos-guerra. La ahora infame ‘teoría’ del goteo rara vez tuvo éxito para impulsar nuevos ciclos extendidos de acumulación.

Los especuladores, con acceso a cantidades de crédito impensados durante las décadas del auge de pos-guerra, hicieron millones de millones. Se empezaron a producir las burbujas especulativas –en su mayoría en mercados inmobiliarios— a un ritmo nunca antes visto. Los grandes bancos inversores mundiales inflaban la burbuja en cuestión de unos cuantos meses o años, inyectando enormes sumas de dinero sin demasiada supervisión, hasta que se encontraba una nueva locación para repetir el patrón. Los más ‘listos’, como George Soros, para nombrar solo al de mayor fama, lucraban tanto del proceso de formación de la burbuja, comprando la moneda del país sede mientras se fortalecía frente al dólar, como de su estallido –revirtiendo su inversión inicial con ventas cortas (going short).

Los hechos confirman ampliamente la predisposición de los ricos por inversiones en mercados bursátiles, en instrumentos financieros estructurados, en divisas extranjeras, etc., cuando se les rebaja los impuestos, o cuando se le abren más posibilidades de inversión off-shore. Previo a la caída de Bretton Woods, y las numerosas reformas financieras desreguladoras posteriores, esta clase de inversiones no existían del todo o eran consideradas de altísimo riesgo. En aquél entonces, invertir en procesos productivos generaba el mayor retorno.

En la actualidad, lo riesgoso es llevar a cabo una inversión productiva, que genere riqueza palpable –no papelaria–, y ponga en movimiento a la mayor fuente de riqueza, la fuerza de trabajo. Las políticas de ataque a las concesiones arrancadas por aquella a las élites económicas, durante el auge de pos-guerra, han destruido la demanda efectiva. Las consecuencias directas de esto son, entre muchas otras, un moribundo mercado de vivienda, y un mercado laboral que sigue exportando trabajos a los nuevos centros industriales.

El traslado al sector privado de la regulación social de la economía.

La actual crisis ha demostrado que el sector privado, en general, carece de la iniciativa y la capacidad de dinamizar la fuerza del trabajo de acuerdo a su pleno potencial. Esto es quizá una de las más decisivas lecciones de los 40 años, y contando, de políticas neoliberales centralmente planificadas –en bancos inversores, organismos internacionales (FMI, BM, OMC, etc.), bancos centrales, y carteles industriales monopólicos. El Estado, las comunidades, las familias, las organizaciones de trabajadores, son seres productivos y/o reproductivos, cuando menos tan importantes económicamente como la iniciativa privada, unilateralmente dirigida por la tasa de ganancia.

Habiéndose mostrado en estos últimos cuatro decenios, la incapacidad del sector privado para generar por sí mismo riqueza tangible generalizada, especialmente para aquellos sectores de la población no-propietarios (la enorme mayoría), carece de sentido seguir intentando medidas de estímulo monetario para ‘revivir’ la actividad económica. No funcionaban las medidas de expansión o contracción del crédito, aisladas de otras políticas de fomento a la producción, en años de ‘crecimiento sostenido’, y menos funcionarán ahora que su misma continuidad está amenazada.

La desregulación de las últimas décadas ha representado el traspaso al sector privado de la regulación social de las actividades económicas y del ‘modelo de desarrollo’, ambos de interés público. Las consecuencias de esta privatización y concentración de los procesos de toma de decisiones han dado como consecuencia una crisis económica a escala mundial. Si la tasa de ganancia sigue administrando hegemónicamente las actividades productivas de las sociedades humanas, de seguro no habrá salida viable económica a la crisis; y juzgando por la forma en que es tratado el desastre humano-ambiental del derrame de petróleo en el Golfo De México, provocado por falta de regulación a los extractores de recursos naturales, tampoco habrá donde llevar a cabo una economía.

Contactos: igramirez@gmail.com

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